¿Por qué no pueden controlarnos con un microchip?

Durante estas últimas semanas, a raíz de la posible vacuna contra la COVID-19, ha surgido la teoría de que el famoso empresario Bill Gates implantará microchips en las vacunas desde su fundación filantrópica Bill&Melissa Gates Foundation para así controlar a la población. En este artículo se explicará por qué esto no es posible desde el punto de vista fisiológico del cuerpo humano.

El origen de la teoría del microchip.

La teoría afirma que, en las vacunas para el virus SARS-CoV-2 (nombre del coronavirus) , habrá microchips con el fin de controlar y obtener información de la población mundial para así alcanzar el «dominio global».

Para ello, según afirman los creyentes de la conspiración, se utilizará un polvo inteligente («smartdust») compuesto de partículas metálicas, que, junto al microchip, tomarán posesión de nuestras mentes y cuerpos una vez se haya activado la red telefónica 5G.

La pregunta aquí es, ¿qué tiene que ver Bill Gates en esta teoría? Existe una alianza que promueve la vacunación infantil, dicha alianza se conoce como GAVI, en la cual participan varios organismos tales como UNICEF, OMS, y, también, la fundación de Gates.

Aspectos técnicos.

Si bien es cierto que la ciencia y la tecnología avanzan a pasos de gigante, todavía no existen microchips que sean capaces de controlar a una persona.

Existen toda una serie de impedimentos de la fisiología neuronal que hace que sea imposible. Quizá, uno de los más grandes impedimentos es que todavía no se conoce con total exactitud el funcionamiento de nuestro cerebro.

Es cierto que se sabe muchísimo acerca de este órgano pero, algunas funciones todavía resultan un misterio para la ciencia. Por ende, no podría crearse un microchip que pueda intervenir en nuestros procesos mentales.

El tamaño medio de un cuerpo neuronal son 20 micrometros. En el cuerpo se estima que se tienen aproximadamente 86.000 millones de neuronas. Además, las neuronas son, un tipo de célula con una tasa de división prácticamente inexistente. Con esto quiero decir que, para que un microchip tomase el control de nuestro cerebro, debería tener un tamaño menor a 20 micrómetros, para así internalizarse en la neurona.

Además, se deberían inyectar muchísimos microchips, ya que, el número de neuronas estimado son 86.000 millones. Dentro de ese bosque neuronal, que sólo una contenga el microchip, no cambia nada. Para que fuese significativo, al menos el 50% de las neuronas deberían tener uno. Teniendo en cuenta que en el mundo hay 7.000 millones de personas, parece ser un plan inviable. Se necesitarían una infinidad de microchips. El coste económico sería inabordable.

Además, aunque el microchip pudiese introducirse dentro de la neurona, no obtendría información alguna, ya que nuestros pensamientos, nuestra memoria, no se almacena en el interior de estas células sino que reside en las conexiones que se establecen entre ellas. Cada vez que aprendemos alguna cosa nueva, se cambian los circuitos de las conexiones neuronales, mientras que la neurona en sí se mantiene invariable.

A parte de los problemas logísticos y económicos de su fabricación, también debería tenerse en cuenta el gasto energético del microchip. Es decir, sería necesaria una batería. Y eso sí que no te lo pueden poner en una vacuna.

¿Y los microchips de los animales?

Lo cierto es que sí que existen microchips inyectables. Dichos microchips siempre se han utilizado para nuestras mascotas. Son enormes, tienen el tamaño de un grano de arroz. No funcionan como un rastreo con GPS a tiempo real, simplemente contienen la información necesaria para ponerse en contacto con el dueño en caso de que el animal se pierda.

En los últimos años se han estado desarrollando microchips para humanos cuyas funciones son tan básicas como utilizarlos a modo de tarjeta de crédito o para medir los niveles de glucosa en personas diabéticas. Son microchips grandes (tamaño de grano de arroz), son visibles mediante las técnicas de imagen médica (radiografía, por ejemplo) y tienen una vida media corta. Al cabo de un tiempo se debe remplazar.

¿Y si ya tienen la solución a esos problemas?

Ahora aceptamos el supuesto de que los problemas mencionados en el apartado anterior han sido solventados y, finalmente, hay un microchip listo para ser inyectado.

Según la conspiración, el microchip será inyectado en una vacuna. No olvidemos que la función de la vacuna radica en la activación del sistema inmune, así que, en el momento en que nos pinchen, las células de nuestro sistema inmune van a migrar rápidamente al lugar del pinchazo, preparadas para librar una guerra.

Una vez allí, las células van a atacar cualquier cosa que detecten como «cuerpo extraño» gracias a un sofisticado sistema de reconocimiento que tienen las células animales que les permiten diferenciar entre ajeno y propio. A esta sistema se le llama MHC (Major Histocompatibility complex).

Así que el microchip, que no tiene nuestro MHC, será detectado como ajeno y nuestras células comenzarán a atacarle. El golpe vendrá de los macrófagos, que fagocitarán al microchip (se lo comerán) y una vez dentro deberá enfrentarse a un pH ácido y a las lisozimas.

Es muy poco probable que sobreviva, ya que el pH ácido del macrófago, en contraste con el pH de la sangre, (neutro tirando a básico) desestabilizaría su circuitería.

De viaje por la sangre.

Si el microchip consigue evadir nuestro sistema inmune, caben dos supuestos:

El primero (y más probable) es que, simplemente, se quede en el lugar de inyección, ya que las vacunas se administran vía intramuscular y no sanguínea. Simplemente se quedaría en nuestro brazo, parado. Desde dónde no puede ejercer control alguno sobre nosotros.

El siguiente supuesto implica que el microchip sea capaz de pasar a nuestro torrente circulatorio y, que sea lo bastante pequeño como para no atascarse en los capilares más finos.

Siendo que la mayoría de las vacunas se hacen en el brazo, al microchip le queda un largo camino hasta el cerebro. Aquí existe un peligro inminente: los riñones. Los riñones, en condiciones normales filtran alrededor de 125 mililitros de sangre por minuto. Si en el cuerpo hay 5 litros de sangre, significaría que en 40 minutos han filtrado la totalidad de la sangre, y con ella, el microchip.

¿Dónde van todos los deshechos que ha filtrado el riñón? Son expulsados del cuerpo mediante la orina.

¿Cuál sería, pues, el modo de que el microchip alcanzase el cerebro? Debería ser inyectado directamente en la arteria carótida, que es la arteria que sustenta al cerebro. Pero no existen vacunas que se pongan por esta vía.

La barrera hematoencefálica.

Si el microchip no es expulsado por la orina y por fin consigue llegar a su destino, va a encontrarse con una de las barreras más infranqueables que tiene el cuerpo humano.

La barrera hematoencefálica recubre todos los vasos sanguíneos que llegan al cerebro. Ejerce un control exhaustivo sobre todas las sustancias que pueden pasar. De hecho, existen realmente muy pocas sustancias que tengan permitido pasar.

Es bastante improbable que la barrera deje pasar al microchip hacia el cerebro, más bien lo rechazaría, éste volvería a la circulación y a los riñones, donde sería filtrado.

Apoptosis. El final.

La apoptosis es la muerte celular programada. Este proceso es muy común durante el desarrollo embrionario para eliminar las células innecesarias. Pero en adultos también se da. Si una célula detecta que hay en ella una anomalía, puede iniciar el proceso de apoptosis, durante el cual, van a llegar unas enzimas conocidas como proteasas que van a destruir todo a su paso.

Una célula que contenga el microchip, lo vería como una amenaza, como una anomalía, ya que las células ejercen un control estricto sobre qué tienen en su interior. Detectaría que algo no está bien e iniciaría el proceso de muerte. Arrastrando consigo al microchip.

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Alba Gonzalez Sánchez

Bióloga graduada en la Universidad de Valencia, mención en biología sanitaria. Actualmente estudiando un posgrado de microbiología clínica y trabajando de investigadora en la Universidad Agroparistech, en París. Investigando en microbiología y en genética molecular. Instagram: @lentejasdeaude Twitter: @AlbaGonzlezSnc2

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