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La lectoescritura, una habilidad sorprendente

En la actualidad no concebimos el mundo sin la escritura y su correspondiente lectura. Empleamos a diario la lectoescritura, habilidad de leer y escribir, desde entender una dirección hasta firmar con nuestro nombre. La aprendemos desde tan jóvenes que, muchas veces, no recordamos nuestra vida antes de ella. Es innegable que es uno de los progresos más notables de la humanidad, ya que permite fijar la palabra hablada sobre un soporte permanente, dándonos la posibilidad de que nuestras palabras viajen más que nosotros.

Históricamente tuvo una gran acogida por el enorme avance que supuso para los pueblos, por primera vez podían transmitir ideas a lugares lejanos sin el riesgo de que se perdiera el mensaje por el camino. Por todo esto resulta sorprendente pensar que esta habilidad no es en absoluto natural en el ser humano, sino que es exclusivamente cultural ¿Qué quiere decir esto?

Las personas no nacemos preparadas para leer, es una capacidad que debemos aprender y para la que nuestra biología no está preparada. No tenemos circuitos cerebrales destinados a la lectura, ni están escritas en nuestros genes las instrucciones para hacerlo, sin embargo, leemos. ¿Cómo es esto posible? El secreto está en nuestra plasticidad cerebral. Cuando aprendemos a leer y escribir nuestro cerebro reutiliza algunas áreas, a diferencia de, por ejemplo, el habla, que es una habilidad innata y que adquirimos por imitación. La lectoescritura la debemos aprender y además tiene una gran complejidad.

Origen

Hagamos un breve viaje al pasado, al sur de Irak, hace 5500 años aproximadamente. Allí, a las afueras de la ciudad, un contable calcula todos los días las ovejas que se lleva cada pastor. Para ello usa un sistema simple pero efectivo, consiste en un grupo de bolitas y conos que introduce en diferentes vasijas de barro, cada objeto tiene asociado un valor y así no necesita recordar los números, le basta con mirar qué metió en cada vasija.

Pero una mañana sucede algo diferente, aquella mañana en vez de introducir las bolitas en las vasijas anotó sobre las mismas el número de animales mediante marcas, símbolos a los que asignó un significado propio. Por supuesto él no lo sabía, pero acababa de revolucionar la historia, la escritura había comenzado.

Tabla de arcilla con escritura cuneiforme encontrada en Sumer, posiblemente la escritura más antigua del mundo encontrada hasta la fecha. («La escritura más antigua del mundo y otras escrituras antiguas de la humanidad», 2022).

Evidentemente esta es una teoría pero, según los últimos descubrimientos, podría ser verdad. Tenemos más o menos claro el dónde y cuándo surgió la lectoescritura, que fue simultáneamente en diferentes lugares del mundo. En cambio, aún no los motivos exactos que llevaron a su invención, probablemente fuera la necesidad. Como hemos visto, las primeras escrituras fueron numéricas, según se sabe por los restos arqueológicos.

Cuando crecieron las ciudades apareció una nueva necesidad, llevar la contabilidad. Cada vez había más gente y más bienes, por eso memorizarlos no era una opción, había que dejarlo por escrito. Sin embargo, la escritura tardó varios miles de años en alcanzar su máximo potencial. Tener las cuentas al día era útil, pero con ese tipo de escritura aún no se podían transmitir ideas. Tardó casi 4000 años en aparecer el primer alfabeto.  

Evolución

La escritura consiste en plasmar en un soporte más o menos permanente una serie de ideas con un código que luego pueda ser descifrado por aquellos que lo han aprendido, dando lugar a la lectura. Este revolucionario acto ha sido relativamente novedoso en nuestra historia, pues surgió hace unos pocos miles de años. Debido a que la lectoescritura es todavía reciente, todavía no ha tenido tiempo de desarrollar un espacio especializado en nuestro cerebro.

Desde sus orígenes la escritura ha tenido distintos soportes y ha pasado por diversas revoluciones. Al principio se empleaban tablillas, luego se inventó el papel en china; pero, sin lugar a dudas, uno de los momentos de inflexión en el desarrollo de esta habilidad fue la introducción de la imprenta. Ésta hizo accesible la lectura a las clases medias y trabajadoras, permitiendo extender el conocimiento, previamente reservado a una élite.

Desde entonces no han cambiado excesivamente las cosas, el bolígrafo por ejemplo no apareció hasta la década de los 40. Sin embargo hace relativamente poco surgió un nuevo cambio de paradigma, el teclado. Puede parecer baladí, pero no solo cambia nuestra manera de escribir, tambien nuestra conformación cerebral la hacerlo.

Los científicos han descubierto que al escribir a mano producimos ensayos más largos y de mayor calidad. Parece ser que la escritura manual nos obliga no solo a trabajar una psicomotricidad sino a visualizar la letra y eso hace que esta actividad tenga un coste cognitivo superior frente a mecanografiar. Además, el hecho de que nos cueste más esfuerzo nos ayuda a concentrarnos y por eso reflexionamos más los que escribimos.

Por otro lado, a la hora de aprender a escribir también es mejor hacerlo manualmente. Dibujar cada letra con la mano mejora sustancialmente reconocimiento posterior, ya que ejercita nuestra memoria corporal. A pesar de todo esto, escribir con teclado no es malo, es una forma más rápida y más cómoda y tenemos que tener en cuenta que pasamos una media de 10h diarias frente a pantallas.

Un reto para nuestro cerebro

Pero si la lectoescritura es una invención y no una habilidad natural de nuestro cerebro ¿Cómo es que leemos? La respuesta está en nuestra increíble neuroplasticidad, pues sin ella nada de todo esto sería posible. Durante muchos años se pensó que las neuronas eran las únicas células del cuerpo humano que no se regeneraban, que nacíamos con una determinada capacidad cerebral y que nada podíamos hacer para cambiarla. Con las nuevas investigaciones se sabe que esto no es así. 

El cerebro es más permeable, maleable y dinámico de lo que jamás podríamos llegar a imaginar y, por supuesto, el cerebro posee la capacidad de generar nuevas neuronas durante toda la vida (aunque sea más común y fácil en la infancia). Gracias a ello, nuestro cerebro pudo adaptarse cuando le presentamos el reto de la lectoescritura.

Los últimos estudios con neuroimagenes muestran como, al aplicar estímulos de manera externa podemos aumentar o disminuir la densidad neuronal de una zona. Esto es lo que nos sucede al aprender a escribir y a leer en el colegio, se está modificando una parte de nuestro cerebro, incrementando el número de neuronas en ella para que sea capaz de descifrar letras y sobre todo reciclando una parte de nuestro cerebro. 

La dislexia es un trastorno del aprendizaje que supone la dificultad para leer y escribir. Esta dificultad se cree que esta motivada por unas células que interrumpen algunas conexiones en el área preferente para desarrollar estas habilidades. Por eso, en algunos casos el cerebro emplea otras áreas que no tienen dañadas y aprenden a leer y escribir.

El cerebro de la izquierda funciona de manera usual y tiene activada la caja de letras del cerebro, el de la derecha corresponde a un cerebro con anomalías que desembocan en el trastorno de la dislexia. Podemos ver como la organización de las áreas visuales difiere entre un niño con buena capacidad de lectura y uno disléxico. En los buenos lectores podemos ver que el área visual de las palabras está bien desarrollada (área verde) (Dehaene, 2013).

¿Cómo funciona la lectura en el cerebro?

Hay que tener en cuenta que antes de aprender a leer todas las palabras se parecen, no son fáciles de identificar. Debido a esto, para aprender a descifrarlas, es necesario que una región en particular del cerebro se especialice, pero hemos dicho que no hay ninguna determinada biológicamente para hacerlo. A pesar de esto, tras siglos de perfeccionamiento lector, el cerebro ha encontrado un hueco ideal para esta habilidad. Este se encuentra en el hemisferio izquierdo, en una región específica de la corteza visual llamada “área de la forma visual de las palabras” o comúnmente denominada “caja de letras” que vemos localizada en la figura.

Conforme vamos aprendiendo nuevas letras, la respuesta de esta región se incrementa y lo hace en una proporción directa con la habilidad lectora, cuanto mejor sabemos leer, más respuesta tiene. A pesar de que es la manera más eficiente, no es la única. Por ejemplo muchos disléxicos emplean otras partes del cerebro e incluso otro hemisferio para conseguir leer debido a que tienen dañada la «caja de letras».

Esto plantea otra pregunta, si en el cerebro de una persona alfabetizada una región tiene que cambiar de función ¿Qué hacía antes? Se sabe que en el cerebro de las personas que no han aprendido a leer y escribir, el área de la forma visual de las palabras tiene otra actividad, el reconocimiento de formas y rostros. Por eso funciona tan bien para la lectura, esta acostumbrada a ver e interpretar patrones, solo tenemos que «reeducarla» para centrarnos en la interpretación de las letras.

En esta figura podemos observar las distintas partes del cerebro involucradas en la lectoescritura y sobretodo la lectura, se trata del hemisferio izquierdo (Dehaene, 2015).

Conclusión

Tras todo esto, podemos concluir que el no poder leer y escribir correctamente no es en sí mismo una patología. Es cierto que lo habitual es poder llevar a cabo esta actividad y si no es así hay que buscar los posibles problemas o enfermedades que lo impiden. El ser analfabeto es tan solo un síntoma, y no podemos exigir como innato una habilidad que es adquirida.

Por otro lado están las ventanas temporales del cerebro. Esto significa que hay diversos momentos en nuestro crecimiento donde debemos aprender hacer algo y si no lo hacemos en ese momento ya no podemos aprenderlo más. Un ejemplo es el hablar, hay una edad máxima a partir de la cual si no te han enseñado hablar nunca podrás usar estructuras complejas propias del lenguaje (2-10 años aproximadamente), aunque podrás comunicarte de manera simple.

Dado que la lectoescritura no tiene un lugar propio en el cerebro, tampoco tiene un momento obligado de aprendizaje. Podemos aprenderla a partir de los cinco-seis años y de ahí a lo largo de toda nuestra vida, nunca es tarde para aprender a leer y escribir. Esto nos muestra que, gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, nunca es tarde para aprender ciertas habilidades.

A pesar de que la edad más indicada para aprender a leer es de 5-6 años exponer a los niños a las palabras desde pequeños les puede facilitar familiarizarse con ellas. (Pixabay)

Artículo editado por Eli Castro.

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Bibliografía

Dehaene, S. (2013). Inside the letterbox: how literacy transforms the human brain. Cerebrum : The Dana Forum on Brain Science2013, 7. Retrieved from https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/23847714

Dehaene, S. (2015). Aprender a leer : de las ciencias cognitivas al aula. (Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A., Ed.) (1o). Buenos aires. Retrieved from http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-505-5

Lagunilla, P. (2020). El origen de la escritura. Muy Historia, online.

Mora, F. (2018). Mitos y verdades del cerebro. (Ediciones Paidós, Ed.) (Primera ed). Barcelona.

Ortiz, T. (2018). Neurociencia en la escuela. (EDICIONES SM, Ed.). Madrid.

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María Remírez de Ganuza Monfort

Tras la carrera de biotecnología decidí especializarme en la mejora genética vegetal y después hacer el máster de profesorado. Creo que la genética es un campo increíble que nos traerá sorprendentes descubrimientos y que las plantas nos permiten unos enfoques únicos por su naturaleza. A pesar de que el mundo de las plantas siempre me ha apasionado, no ha sido el único, la neurociencia es mi segunda vocación.

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