Mi abuela siempre me ha dado consejos que, estoy segura, no soy la única que ha escuchado: “abrígate que te vas a resfriar”, “no te bañes después de comer que se te corta la digestión”, “toma rápido el zumo que se van las vitaminas”… y muchos más.
Y es que la sabiduría popular siempre ha estado llena de los llamados “remedios caseros”, esos que han pasado de generación en generación dentro de nuestras casas.
Hoy en día, con el avance de la ciencia, muchas de esas creencias tan arraigadas han sido desmentidas —como la idea de que el frío por sí solo nos enferma, cuando en realidad los responsables son los virus—. Sin embargo, hay otros consejos a los que la ciencia, con el tiempo, ha terminado dándoles la razón.
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¿Otra vez lentejas con arroz, abuela?
Pues sí: esta combinación tan típica de legumbres y cereales “sienta bien”, y no es casualidad. Las lentejas, como la mayoría de legumbres, son ricas en lisina pero tienen menor cantidad de metionina, mientras que en el arroz ocurre justo lo contrario (figura 1).
Al combinarlos, ambos alimentos se complementan y permiten obtener un perfil más equilibrado de aminoácidos esenciales, lo que favorece la formación de proteínas de mayor calidad nutricional en conjunto.
En otras palabras, al reunirlos en un mismo plato, conseguimos cubrir las limitaciones de cada uno por separado y acercarnos a un aporte completo de los aminoácidos que nuestro organismo necesita.

Come más despacio, que te sentará mal…
En el ritmo acelerado en el que vivimos, es habitual comer en apenas diez minutos y continuar con el día; a veces, es simplemente el tiempo del que disponemos. Sin embargo, de pequeños seguramente nos insistieron en masticar despacio y comer con calma. ¿Y para qué?, nos habremos preguntado alguna vez.
La ciencia ha demostrado que hacerlo tiene sentido: comer más despacio ayuda a reducir la cantidad de comida que ingerimos y favorece una mejor regulación de la saciedad, ya que da tiempo a que el cerebro reciba las señales de que estamos satisfechos . Cuando comemos demasiado rápido, esas señales llegan tarde, lo que puede llevarnos a ingerir más de lo necesario.
Además, masticar bien facilita la digestión y mejora la absorción de nutrientes, al permitir que los alimentos se descompongan de forma más eficaz desde el inicio del proceso digestivo .
Por otro lado, comer sin distracciones —como pantallas o estímulos externos— también influye: nos permite estar más atentos a lo que comemos y a cómo nos sentimos, reduciendo así la ingesta excesiva que muchas veces se produce por desconexión de las señales internas del cuerpo .
Te iría bien una siesta…
Aunque la siesta pueda parecer una simple costumbre cultural, lo cierto es que se ha demostrado que una “buena siesta” puede ayudarnos a reducir la somnolencia, mejorar la atención y potenciar el rendimiento cognitivo a lo largo del día.
Pero ojo, no todas las siestas son iguales. Las más breves, de entre 15 y 30 minutos y realizadas a primera hora de la tarde, son las que han mostrado estos beneficios de forma casi inmediata y con apenas efectos secundarios. En cambio, cuando la siesta supera los 60 minutos, puede interferir con nuestro ritmo circadiano, favorecer el insomnio nocturno y, además, asociarse a un mayor riesgo de problemas cardiovasculares.
Si me permiten una recomendación
Aunque la base de nuestras creencias populares sea la prueba-error, contamos (afortunadamente) con numerosas herramientas que nos permiten confirmar o desmentir las dudas que surgen en nuestro día a día. Como sociedad, es nuestra responsabilidad aprender a utilizarlas —especialmente en ámbitos como la ciencia o la enseñanza— para garantizar que el conocimiento que recibimos y, sobre todo, el que aplicamos cotidianamente, no nos cause más perjuicio que beneficio. Dicho esto, debemos agradecer la experiencia de aquellas generaciones que nos precedieron y reconocer su valor, sin dejar de cuestionar aquello que damos por hecho.
Bibliografía
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