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La música que nos hace humanos

Alba Ripollés Boix

Alba Ripollés Boix

A día de hoy la música nos acompaña allá donde vamos, la escuchamos en salas, estadios, en nuestros teléfonos móviles y hasta si te descuidas, en ascensores. Y es que a pesar de lo alejada que esté una cultura de otra, todas comparten una aparente necesidad de expresión a través de la música. Es tan grande la variedad de estilos, instrumentos, que parece que la música sea algo intrínseco en el ser humano. Pero, ¿ha sido siempre así?, ¿compartían los primeros Homo sapiens esta necesidad de crear melodías para acompañar el día a día de la gente?, y si así fuera, ¿qué sentido adaptativo tendría? Porque hacer ese solo de timbales no va a hacer que el tigre no te coma, pero puede que su significado evolutivo vaya mucho más allá.

Primeras pistas

Una de las principales dificultades para el estudio del origen de la música es la falta de registros y evidencias que ayuden a trazar un rumbo de cómo surgió y de como evolucionó. Las canciones desaparecen en cuanto dejan de sonar y solo, muy de vez en cuando, sobreviven los instrumentos que las produjeron.

De hecho los primeros registros de instrumentos musicales son las llamadas «flautas de hueso» encontradas en Hohle Fels y Geissenklösterle (Alemania) que datan de hace aproximadamente 40.000 años, lo que implica que los primeros sapiens en Europa ya usaban instrumentos musicales plenamente elaborados al llegar.

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Imagen 1. Flautas aurignacienses de Europa Central (Alemania). Data en>35 ka

Otro descubrimiento muy relevante son las flautas encontradas en Jiahu (China), datadas sobre el 7000 a.C. Lo más interesante de este hallazgo es que las flautas están en en tan buen estado de conservación que todavía se pueden tocar. Los análisis acústicos muestran que producen escalas musicales relativamente complejas, indicando un conocimiento avanzado de la afinación. Este descubrimiento representa la primera evidencia de tradición musical en una localización geográfica.

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Imagen 2. Las flautas más antiguas que se pueden tocar. Yacimiento de Jiahu (China).

Se cree que muchos de los instrumentos ancestrales podrían haber estado hechos de telas, madera o fibras vegetales, por lo que no se han podido conservar al ser mucho más perecederos. Aunque los restos de la mayoría de instrumentos no han podido llegar hasta nuestros días hay otras maneras de estudiar la evolución de la música que no dependen de ningún hallazgo sino de la observación del mismo ser humano a día de hoy.

La música que nos hace humanos

No es novedad que muchos animales producen sonidos muy complejos: las aves cantoras, el intrincado lenguaje de las ballenas (digno de otro artículo), algunos primates e incluso ciertos insectos desarrollan secuencias acústicas muy elaboradas. Viendo que no somos los únicos capaces de musicalizar su lenguaje ¿qué es lo que nos hace tan especiales?

Los seres humanos no solo percibimos ritmos, sino que podemos sincronizarnos espontáneamente con ellos. Esto nos permite bailar juntos, cantar a coro y manener un pulso común. A diferencia con otros animales como los macacos que a pesar de poder distinguir el ritmo parecen incapaces de poder sincronizarse.

Además la música permite coordinar simultáneamente a decenas o incluso miles de personas. Los animales realizan conductas colectivas, pero ninguna especie utiliza sistemas musicales tan complejos para coordinar movimientos, reforzar vínculos sociales o transmitir emociones compartidas (porque, ¿quién no ha llorado alguna vez con esa banda sonora?). Según varios autores, esta capacidad pudo favorecer la cooperación en grupos humanos cada vez mayores.

El origen de la música

Es muy difícil, como en todo estudio del pasado, saber con exactitud cómo sucedieron los hechos, y más difícil aún esclarecer el porqué. Muchos investigadores consideran que música y lenguaje evolucionaron a partir de capacidades comunes, especializándose posteriormente. La música comparte con el lenguaje numerosas bases biológicas: procesamiento auditivo, control respiratorio, aprendizaje vocal o memoria secuencial. Sin embargo, activa además circuitos relacionados con: la recompensa, la emoción o la sincronización motora.

Cada vez son más los investigadores que consideran que su aparición no respondió a una única presión evolutiva, sino a la combinación de varios procesos que fueron actuando a lo largo de cientos de miles de años.

Es posible que las primeras manifestaciones musicales ni siquiera surgieran con la intención de entretener. Antes de que existieran instrumentos o ceremonias, nuestros antepasados ya podrían haber utilizado la voz con variaciones de tono, ritmo y volumen para comunicarse. Ese lenguaje cargado de musicalidad habría desempeñado un papel fundamental en el vínculo entre madres e hijos, calmando a los bebés y reforzando un apego imprescindible en una especie cuyos recién nacidos dependen durante años del cuidado de los adultos. Aquellos patrones rítmicos y melódicos, inicialmente ligados a la comunicación, pudieron convertirse con el tiempo en la base sobre la que se desarrollaría la música.

A medida que los grupos humanos crecieron y la cooperación se volvió indispensable para sobrevivir, esas mismas capacidades pudieron adquirir una nueva función. Cantar, bailar o producir sonidos de forma sincronizada favorece la coordinación entre individuos, genera confianza y fortalece el sentimiento de pertenencia. En una especie cuya supervivencia dependía de la colaboración para cazar, compartir recursos o defenderse de otros grupos, cualquier comportamiento que aumentara la cohesión social habría supuesto una ventaja considerable.

La música también pudo desempeñar un papel como forma de comunicación social. Interpretar melodías complejas, mantener un ritmo preciso o coordinarse con decenas de personas requiere atención, memoria, aprendizaje y práctica. Estas habilidades podrían haber funcionado como una señal fiable de las capacidades cognitivas, la salud o el grado de integración de un individuo dentro del grupo, influyendo tanto en las relaciones sociales como en la elección de pareja. Del mismo modo, un grupo capaz de cantar o bailar al unísono transmitía una imagen de cooperación y organización que podía resultar beneficiosa frente a otras comunidades.

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Imagen 3. Representación de un grupo de Homo sapiens interpretando música con instrumentos prehistóricos. Imagen generada con IA basada en la evidencia.

Sin embargo, no todos los científicos consideran que la música evolucionara porque aportara una ventaja adaptativa directa. Otra posibilidad es que surgiera como consecuencia del desarrollo de capacidades seleccionadas con otros fines, especialmente aquellas relacionadas con el lenguaje, la comunicación y el procesamiento de sonidos. Según esta visión, nuestro cerebro no habría evolucionado específicamente para hacer música, sino que la música sería el resultado de reutilizar mecanismos ya existentes, capaces de reconocer patrones, aprender secuencias, modular la voz y responder emocionalmente a determinados estímulos acústicos.

Lejos de ser incompatibles, estas explicaciones podrían representar distintas etapas de una misma historia evolutiva. La musicalidad habría comenzado como una forma de comunicación emocional, más tarde habría reforzado la cooperación entre los miembros de un grupo, posteriormente habría servido para transmitir información sobre las capacidades individuales y colectivas y, durante todo ese proceso, habría aprovechado circuitos cerebrales originalmente desarrollados para otras funciones. Más que buscar una única causa, la evidencia científica actual apunta a que la música es el resultado de la interacción entre la biología, el comportamiento social y la cultura, una capacidad que fue adquiriendo nuevas funciones conforme nuestra propia especie evolucionaba.

Conclusión

Pero todo esto solo son teorías, efectivamente, aún no sabemos con certeza cuándo nació la música ni cuál fue exactamente su origen. Probablemente nunca podamos responder del todo a esas preguntas. Lo que podemos imaginar es que este arte es el resultado de una larga historia evolutiva en la que comunicación, cooperación y cultura fueron entrelazándose durante cientos de miles de años.

Quizá por eso la música sigue acompañándonos allá donde vamos. Cada vez que un grupo canta al unísono, un estadio entero marca el mismo ritmo o alguien se emociona al escuchar una melodía a través de los auriculares, está poniendo en funcionamiento una capacidad que comenzó a moldearse mucho antes de que existieran los primeros instrumentos. Después de todo, a pesar de no protegerte de los tigres, la múscia puede que ayudara a construir algo igual de importante: la extraordinaria capacidad de los seres humanos para conectar, cooperar y sentirse parte de un mismo grupo.

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